domingo, 5 de julio de 2015

SIRACUSA

  
   A través del ciberespacio, se generan hace ya décadas flujos de información de todo tipo, ciencias, humanidades, artes plásticas y de otros géneros, y no digamos actualmente ensayos sobre política y economía de todo tipo de pelaje, algunos avalados por la razón lógica y otros por su tendente deriva a determinadas ideologías.

   En literatura podemos encontrar pequeñas joyas como este relato que firma Chimista (1), seudónimo tras el que se oculta claramente un buen escritor.

Si os gusta leer y amáis el mar y los barcos, sólo os harán falta unos minutos para hacer un viaje a través de los sentimientos humanos navegando por nuestro mar Mediteráneo.

Gracias por compartir tu escritura, amigo Chimista.


(1)Nota.  Chimista, que exisitió en la realidad según cuentan, es un personaje que aparece en algunas obras de Baroja, pero esta es otra historia…






                                   Siracusa







I



   En el verano del año 1954 a bordo del “Alsace” zarparon desde el
puerto de Marsella con destino a Atenas el señor Paltof, su mujer
Denis -de soltera Denis Plantan-, y la hija de ambos Virginia, con
intención de pasar unas vacaciones y de paso, establecer contacto
con un importante cliente de aquella ciudad, con quien se presentaba la oportunidad de aumentar aún más, su ya considerable fortuna y ampliar así su red comercial en aquel país.


   En la travesía, y a raíz de una cena a la que acudió el capitán del
barco Mr. Bertel, natural de Brest, conocieron a Jean Bert, oficial
segundo presentado por el capitán. Las elegantes formas de sus
gestos y su tez, despertaron la atención de Virginia, cuando,
solicitando permiso para compartir la mesa a las damas y a su
capitán, se sentó Jean al lado de éste.


   La conversación, aun siendo trivial, no impidió que en aquella cena,  sentados uno frente al otro, Silvia y Jean, intercambiaran continuas miradas que acabaron por despertar en ambos, lo que en pocas horas terminaría en atracción. Atracción constante durante la cena y que se acentuó al final, en el momento en que Jean dejó la mesa saludando con corrección militar, y hasta la siguiente oportunidad que aprovechó para invitar a Virginia dos noches después, para acudir a cubierta, y desde allí poder admirar la lluvia de estrellas que durante la noche, se debería producir, para asombro y entretenimiento de los pasajeros.


   Una vez en la segunda cubierta de babor, y cuando los padres de
Virginia se retiraron a su camarote, debido en parte al frío y por otra, a la infructuosa búsqueda estelar prometida, Jean y Virginia
permanecieron juntos unos minutos más, después de la licencia
obtenida de sus padres. Minutos que si bien, a Madame Denis Paltof le parecieron largos, a Jean y a Virginia fueron sin lugar a duda, la más pequeña representación que el concepto abstracto que
entendemos por tiempo, pudiera ocupar en sus vidas.

   El oportuno vuelo de una estrella que para ambos, no fue del todo
fugaz, y la necesaria obligación a requerimiento de Jean para que
Virginia cerrara los ojos y formulara un deseo, fue el adecuado
motivo para aquel beso. Beso que Virginia jamás olvidaría en su vida y que provocó además del suave latigazo que recorrió su espalda, una aceleración en su ritmo cardíaco y el desfallecimiento casi total de sus piernas, con el consiguiente abandono de todo su cuerpo en los brazos de Jean.

   A aquella estrella, la siguieron paseándose caprichosas unas y
burlonas otras, iluminando el acogedor y discreto hueco ocupado por ellos, junto a unos de los botes salvavidas. La bóveda celeste, como una campana pletórica de luces irreales, dejaba retazos chispeantes de luces coralinas sobre el surco que dejaba el barco, rumbo a Siracusa.


   Jean y Virginia no volvieron a coincidir más. Al día siguiente, los
padres de Virginia estimaron conveniente no admitir en su compañía a aquel joven y elegante oficial, por el simple motivo de no considerarlo adecuado al rango social que ellos ocupaban.

Al término del viaje, Jean permaneció tan atento a las instrucciones
de su capitán como con la escalerilla de embarque, por donde
abandonaban el barco todos los viajeros, armados de sombrillas,
bolsas, sombreros y donde los trajes y vestidos de colores claros y
limpios, contrastaban con la indumentaria de los cocheros y mozos de equipaje, que les esperaban en el muelle.

Cuando sus miradas coincidieron, Virginia mantuvo la suya unos
instantes desde el muelle hacia la cubierta de estribor, hacia donde él estaba, despidiendo junto al capitán a los últimos pasajeros que
quedaban por dejar el barco y cuando se percató Jean, se descubrió y llevó su mano derecha a su pecho, en ademán de despedida.



y II


   Al atardecer de un día a finales del verano del año 1984 y a la altura de Siracusa, navegaba el barco Sirocco realizando una travesía de Niza a Venecia.

   Un camarote especial, con sala, lo ocupaban el señor y la señora Lutin -de soltera Virginia Paltof-, en un viaje en
aquella ocasión de placer, debido a la insistencia por parte de
Virginia. El señor Lutin, propietario de varias empresas en Francia, dedicadas a la fabricación de maquinaria agrícola, padecía -decían las malas lenguas, desde siempre-, varias si no del todo dolencias, sí unas confesadas indisposiciones que además de desagradables, poco favorecían su precaria y lastimosa imagen, con una obesidad considerable, una carencia total de cabello, reumático y siempre pendiente de los muchos y variados medicamentos que le tenía que suministrar su adorable esposa.
   Medicamentos que ella siempre disponía puntualmente poniéndolos en fila y en orden regular sobre el mantel, con dedicación exquisita, a cualquier hora del día, obteniendo como respuesta aquella gruesa sonrisa, carente de atractivo alguno.


   Aquella noche, después de la cena en el camarote y después de
ayudar a su marido a acostarse en la muy estrecha cama, de las dos
que les correspondía, le apeteció a Virginia debido al calor y así se lo dijo a su marido, que salir a respirar un poco de aire fresco a
cubierta, antes de acostarse.

   La noche era suave, y un cielo cubierto de pequeñas nubes, dejaban ver de vez en cuando una luna a medio abrir, con una intensidad tal, que las sombras que se formaban en cubierta, parecían tomar formas fantasmales.

   A cierta distancia y desde aquella banda, Virginia se percató que en dirección contraria y a unas dos millas, se deslizaba un barco que presentaba toda la iluminación de las cubiertas. 

   Tuvo un recuerdo rápido y por un momento acudieron a su mente, la noche de veinte años atrás con sus estrellas fugaces y se preguntó, qué sería de aquel elegante oficial a quien no pudo olvidar jamás; ni a él, ni a aquel beso, que como recuerdo imborrable de la más deliciosa sensación de placer, acompañó sus sueños durante todos aquellos años que le precedieron.


   El barco, cuyo destino era el puerto de Civitavecchia, lo ocupaban alegres y despreocupados turistas japoneses y norteamericanos. Su capitán, Jean Bert desde la cabina oscura, celebraba con sus oficiales su despedida de la naviera y brindaban, por lo que se suponía iba a ser un placentero retiro en la campiña Toscana, junto a su mujer Adelaida. Una mujer que le había acompañado sin pena ni gloria durante todos aquellos años, sin llorar y sin reír, sin amar y sin odiar.


   Cuando Jean, avistó aquel barco a unas dos millas del suyo, y que ya comenzaba a acercarse, recordó de forma súbita aquella noche de estrellas fugaces y pensó, no sin extrañarse, que desde entonces, ya hace veinte años, no había vuelto a ver una noche tan plagada de
estrellas como aquella, ni una mujer a quien hubiera besado como lo hizo a aquella, a quien nunca había olvidado.


   Tomó la copa que aún tenía en su mano izquierda y alzándola, brindó  por el recuerdo de aquella mujer, poniendo al mismo tiempo su mano derecha, encima del lugar donde él suponía latía su corazón.


   Los dos barcos se cruzaron, dejando cada uno su estela que poco a poco se extinguió como símbolo del tiempo, como acaba el día y
como termina la vida.




Epílogo:


   Los barcos en la mar, tejen en sus derrotas unos delgados hilos que son el destino de quienes navegan en ellos, el azar. Nosotros no los vemos, pero existen. Únicamente los pueden ver, los espíritus que navegan por encima de los barcos.

  Entre éstos, unos son serios y otros, algo estrafalarios; unos chistosos, otros alegres, unos desenfadados, otros tristes y otros despistados que cuando deben poner orden y concierto o cuando mejor deben actuar, se han olvidado de aquello que es lo más importante, acertar.


   Los barcos en la mar, son a veces como las casonas abandonadas en el campo; tienen corredores, pasillos y miradores largos, muy largos, y algunos no están cerrados. En las noches de tormenta o de viento desenfrenado, se abren puertas o ventanas que golpean y la luna caprichosa, se mete dentro y se forman figuras extrañas, rumores, siseos y quebrantos, que a veces a nosotros -marineros viejos y temerosos-, nos llegan a producir espanto.



Chimista

Marzo 2006